NO ROBAR, NO MENTIR, NO SER FLOJO… BOLIVIA. Una mirada atrás, 2013.

 In Transformación
E

n un abrir y cerrar de ojos, en medio de la resaca wachumesca, pasé de Perú a Bolivia. De cabeza al origen de la civilización Inca, la Isla del Sol, en el lago Titicaca. Parecía no haber cambiado de país.

En medio de la civilización Tihuanaqueña, aparecieron dos hombres caídos del Sol. Los primeros dos Incas, en un ladito de la arrebatadora isla y allí se quedaron para asentarse y luego expandirse por el altiplano.

“No robes, no mientas y no seas flojo” era la ley Inca. El castigo era ser sacrificado, y era real, estos incas no se andaban con chiquitas. No con pena de muerte, pero no me parece mal la norma. Yo me la apunto.

No robes, no mientas y no seas flojo” era la ley Inca.

Esta pequeña isla, en un día, ha hecho las delicias de mi viaje. Y con ese día, ya había merecido la pena mi paso por Bolivia. Tres horas de caminata del norte al sur para deleite de mis ojos y mi espíritu y como colofón, cenar frente a la puesta de sol más maravillosa que jamás he visto. El sol parecía ponerse sólo para mí.

Mi resto de Bolivia ha sido curioso a la vez que fantástico. Reencuentro genial con mi grandísimo amigo Alistair, sobrevivir a la altura, sobrevivir a la bajada en bici por la Carretera de la muerte y sobrevivir a mi primera gran señora diarrea del viajero en muchos años.

A una hora de salir para el tour al Salar de Uyuni, se me pegó el trasero al WC y hasta el alma sentía que por ahí se me iba… pero qué malita estaba. Me pasé el primer día de tour tirada en el asiento de atrás del Jeep. Poco vi, pero al menos el salar sí, tumbada sobre él, y con foto de rigor incluida. El resto a medias tintas.

Sin contar el norte selvático, que no vi, de la Paz al sur, Bolivia es un desierto. Kilómetros y kilómetros de nada. El altiplano en su estado más puro. Superar los 5000 metros de altura y seguir conduciendo por planicies que recuerdan a Marte, no tiene precio. Planicies desérticas moteadas de lagunas de colores que, a pesar de su hediondo olor, están inundadas de preciosos flamencos. Sin duda, no tiene precio.

Ha sido demasiado poco tiempo, mucho me ha faltado por ver. Pero lo que más echo en falta es el haber experimentado el contacto con la gente local, traspasar la timidez boliviana. Ha sido un viaje a salto de sapo, al estilo “turista-planta-banderitas” sin demasiada inmersión. Ni que decir tiene que no me queda otra que volver y disfrutar de este fantástico y desconocido país.

Como saliendo de un extraño ensueño extraterrestre, cruzo la frontera a San Pedro de Atacama. El desierto chileno y otro gran reencuentro me esperan. Thank you, universe!

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