HANAN PACHA, KAY PACHA, UKU PACHA… PERÚ. Una mirada atrás, 2013.

 In Transformación
L

os Incas no eran tontos. Bueno, EL Inca [Enqa (ser iluminado), para ser correctos], porque a diferencia del conocimiento extendido por los españoles que aquí quisieron depositar su huevo, el Inca era uno, el «rey», nadie más. El resto eran quechuas (qechuas, para ser correctos), y como tales se denominaban a sí mismos.

Así que el Inca no era tonto. En la actualidad, se pagarían millones de euros por abrir el ojo cada mañana e impactarse día tras día con esas gloriosas vistas. Nunca he sentido nada similar en ninguna otra parte del mundo. De hecho, pensaba que ya estaba «curada de espanto» ante paisajes de impresión. He visto ya unos cuantos sin que se me moviera un pelo. Sin embargo, aquí la energía se masca, quieras o no. Esas montañas te atrapan, te envuelven y a mí me inundan de una energía que me eleva, se me llena el pecho. Llámame loca, exagerada, pero es exactamente así lo que he sentido aquí.

«El miedo no existe más que en mi cabeza, pero dejo que me limite y me hiper-protejo.»

No hay duda de que la ciudad de Machu Picchu es impresionante. Especialmente cuando llegas a ella exhausto, y sin oxígeno por la altura, tras haber subido esas «escaleritas» hasta la cima; ves la dimensión del lugar y te preguntas: «¿cómo diablos hicieron estos Incas medio-metro para construir todo esto aquí arriba?» Increíble. Y, sin embargo, son tantas las hordas de turistas que lo cubren como hormigas que la magia de esa primera impresión se esfuma en un chascar de dedos.

No, la ciudad del Machu Picchu no me ha enganchado, la verdad. Pero las que sí se me han calado hasta los huesos son esas imponentes montañas que la rodean. Más de la mitad del tiempo que allí estuve (y fueron unas cuantas horas), las pasé sentada de cara a unas y otras montañas. Dejándome envolver por esa densa energía. Indescriptible. Sin duda alguna, mi number one.

No he visto mucho más de Perú. Cuzco, algo de sus alrededores, alrededores de Machu Picchu y, por supuesto, Machu Picchu. Poco tiempo pero mucha gente, geniales experiencias y mucho aprendido, cómo no.

He «re-aprendido» que el miedo no existe más que en mi cabeza, pero dejo que me limite y me hiper-protejo. Sí, tal cual, como si de mi propia madre se tratase, evitando que su niñita lo vaya a pasar mal.

Me embarqué en un trekking de 5 días (sólo 4 al final, gracias a Dios o al divino universo) subiendo hasta los 4650 metros de altura, de camino a Machu Picchu. Eso después de 4 días en Cuzco sufriendo inconscientemente el mal de altura, con diarrea y faltándome la respiración con sólo caminar por la ciudad. Me sentía una «caquita» (y nunca mejor dicho), debilucha. Me daba miedo el trekking sin haber entrenado, mi rodilla, no estar preparada para el frío que íbamos a pasar, la altura, mi debilidad, … en resumen, todo.

A un pelo estuve de cancelarlo, fingir enfermedad grave repentina y pedir devolución del dinero. En mi mente, un arrabal de excusas perfectamente engarzadas. Menos mal que mi lado más «irracional» y pasivo no dejaba de repetirme: «Ya has pagado, mona, así que ajo y agua, my dear». Y una tímida vocecilla: «Yo creo que… yes, you can…» Así que la inercia metió mis miedos en la mochila y allá nos fuimos, sólo para comprobar que sí, fue duro; pero, ni de lejos, tanto como mis augurios preveían. Y YES, I CAN. Cada suspiro mereció la pena como ningún otro.

También es verdad que al final acabé emocionándome con mi poderío físico y quizá se me desvanecieron los límites un poco demasiado. Todavía no controlo del todo lo del » ni tanto, ni tan calvo»… qué se le va a hacer, no se puede aprender todo de una vez. Así me queda algo en la maleta de «cosas por aprender» y vuelvo pronto, porque sí, ¡VOLVERÉ!

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